Nuestras 5 reglas para sobrevivir a 100 días de viaje en pareja
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Publicado el 16 de julio de 2026

Nuestras 5 reglas para sobrevivir a 100 días de viaje en pareja

Juntos desde 2016. Más de cien días por las rutas del mundo, sin pasar ni un solo día separados. Amar a alguien y pasar cada hora de tu vida con esa persona…

  1. Darse espacio

    Es la regla menos intuitiva y, de lejos, la más importante.

    Cuando pasas cada día entero al lado de la otra persona, al final no tienes nada que contar por la noche. Visteis las mismas cosas, comisteis en las mismas mesas, vivisteis exactamente el mismo día. No queda nada que compartir. Y a veces confundes ese vacío con un problema de pareja, cuando en realidad es solo un problema de falta de historias nuevas.

    Así que empezamos a separarnos voluntariamente. Uno se va a bucear mientras el otro se queda en la playa con un libro. Uno se levanta a las cinco para fotografiar el amanecer, el otro duerme. Tres horas después nos reencontramos, y por fin ha pasado algo.

    No es renunciar a la pareja. Es devolverle contenido a la conversación.

  2. Seguir viendo lo que hace la otra persona

    Los gestos que mantienen en pie a una pareja son diminutos, y precisamente por eso se vuelven invisibles.

    La botella de agua dejada junto a la cama antes de dormir, porque la otra persona siempre bebe por la noche. Las dos toallas llevadas al baño sin que nadie las haya pedido. La mochila que alguien carga sin decir nada cuando el otro está agotado.

    Después de cien días, esos gestos son tan automáticos que dejamos de verlos. Pasan a formar parte del decorado. Y el día que desaparecen, ni siquiera entendemos por qué el ambiente se ha enfriado.

    No hace falta añadir nada espectacular. Basta con verlos. Eso es todo, y lo cambia todo.

  3. Decir las cosas cuando pasan

    Viajar durante tanto tiempo agota más de lo que imaginas. Noches cortas, traslados interminables, buses que no llegan, reservas que se caen. Sobre ese cansancio, todo prende con facilidad.

    El reflejo natural es callarse para no arruinar el día. Es la peor opción posible. Lo que no dices no desaparece; espera. Y tres días después vuelve de forma desproporcionada, por una reserva o un restaurante que no tienen nada que ver con el problema real.

    Así que decimos las cosas en el momento. Torpemente, muchas veces. Mal formuladas, a veces. Pero enseguida. Nada funciona mejor.

  4. Repartirse las tareas desde el primer día

    Una vuelta al mundo es un trabajo logístico a tiempo completo. Trayectos, alojamientos, restaurantes, excursiones, presupuesto. Si nadie decide quién hace qué, acabas reabriendo cada tema tres veces por semana, normalmente con irritación añadida.

    El buen reparto no es igualitario; es honesto. Depende de quién es realmente mejor para cada cosa. En nuestro caso, uno encuentra las mejores direcciones en las islas, con un instinto que el otro nunca tendrá. En cuanto llegamos a una gran ciudad, ocurre lo contrario: el otro se vuelve imbatible.

    Una vez que eso está claro, dejamos de discutirlo. La mitad de las tensiones desaparece sola, sin haber resuelto nada más.

  5. Recordar que los defectos son cualidades cansadas

    Lo que te molesta después de cien días casi siempre es lo que te sedujo al principio.

    El lado tranquilo y desorganizado del otro, ese que te vuelve loco cuando hay que estar en el aeropuerto dentro de cuarenta minutos, era exactamente lo que te parecía irresistible al comienzo. Esa espontaneidad, esa capacidad de no anticipar nada y salir adelante igualmente. No se convirtió en un defecto. Simplemente se volvió cotidiano.

    Recordarlo justo en el momento en que sube la irritación suele bastar para que vuelva a bajar.

Claro que hay días en los que nos dan ganas de estrangularnos. Mañanas en las que no nos soportamos, noches en las que comemos en silencio, aeropuertos en los que dejamos de hablarnos por completo.

Y luego recordamos todo esto. Recordamos que estamos viviendo un sueño, con la persona que queremos. Y de pronto nada parece tan grave.